¿Qué es más
importante: satisfacer mil pequeños deseos o concentrarse en satisfacer
uno solo?
Tashi es un monje budista que se ha pasado 3 años encerrado en una cueva
meditando. Su logro le permite ganar el respeto y la admiración de sus
compañeros y maestros. Se reincorpora a la vida del monasterio pero su
adaptación es lenta y dificultosa. Tiene sueños húmedos. Se desconcentra
al ver los brazos de las mujeres en medio de las ceremonias grupales. Y
finalmente se enamora de una muchacha, Pema. Tashi decide algo que parece
absolutamente incoherente con toda su práctica espiritual: abandonar el
monasterio y vivir la vida del hombre común.
Samsara, del
director hindú Pan Nalin, narra esta historia de excelente factura, que
puede ser vista como una dramática historia de amor, pero también como un
drama que plantea preguntas filosóficas o espirituales muy profundas. Con
los imponentes paisajes de Ladakh, región de la India vecina a los
Himalayas, con austeridad de diálogos y con un ritmo muy pausado, Nalin
logra impresionar con un largometraje de dos horas y 15 minutos.
La fotografía es sin duda una de las herramientas más poderosas de esta
película, la cual no es utilizada solamente para apreciar las bellezas
naturales de la región en cuestión. La espectacularidad de las montañas y
los valles, la desolación, la poca vegetación, los inmensos espacios
abiertos, las alturas, los monasterios y casas de meditación empotrados en
las montañas en contraste con los humanos viajando a través de ellos,
sirven
para remarcar su pequeñez y su sumisión ante la naturaleza circundante.